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NOV

La victimización silenciada

Alberto

Autor, Conferencista e Influencer en Redes Sociales

Personalidad de Medios, Autor, Conferencista e Influencer en Redes Sociales. Sus seguidores en las redes sociales superan la impresionante cifra de 2,6 millones, lo cual lo posiciona como el locutor de radio en español número uno en seguidores en todo Estados Unidos.

MujerSombreroOjosHay dos clases frecuentes de personas: las que se lamentan sin cesar (e incluso se aferran) a su dolor, sin hacer nada eficaz por superarlo. Y las que piensan que, para superar sus sufrimientos, sólo tienen que  «responsabilizarse» de sí mismas. Ambas actitudes me parecen igualmente erróneas. Porque ambas orientaciones nacen de diversas dinámicas neuróticas e ideológicas; y las dos suelen ser nocivas en todos los campos de la vida, desde la crianza y la psicoterapia hasta la política.

La civilización se funda, como sabemos, en la permanente victimización del ser humano (educación, explotación, guerras…). Una víctima es, según el diccionario, una persona dañada (ya sea por otras personas, por accidentes, etc.). Y la víctima por excelencia de la civilización es el neurótico. Dicho esto, podemos añadir que los neuróticos, para protegernos del dolor, disponemos de tres defensas fundamentales:

1. Victimismo. Es decir, podemos aferrarnos a nuestras quejas, estancarnos en nuestros síntomas, aunque ello no nos permita cicatrizar nuestras heridas. Esto tiene dos enormes ventajas. Por un lado, evitamos afrontar, admitir las causas reales de nuestros daños, las cuales suelen ser mucho más dolorosas que éstos. Y, en segundo lugar, nos sirve también como excelente herramienta para reclamar atenciones y afectos. El victimismo es, así, una mezcla perfecta de miedo y narcisismo. Y la propia neurosis, siendo el resultado de una victimación, es también un artilugio victimista.

2. «Responsabilismo». Extraña palabra que no viene en el diccionario, aunque no hallo otra mejor. Consiste, en la práctica, en negar la importancia de nuestros daños y/o evitar el reconocimiento de sus causas y autores, mediante la supuesta «necesidad» -que inconscientemente sentimos como un deber- de «responsabilizarnos» de nosotros mismos. Consideramos erróneamente que toda queja equivale a victimismo y, para no caer en él, nos obligamos a todo lo contrario: «deja de quejarte, aguanta, olvida, esfuérzate…». Es la opción básica de innumerables moralistas, educadores, psicólogos, difusores de autoayuda, espiritualistas… Pero esta defensa no es, en realidad, sino un reforzador de nuestras represiones neuróticas, es decir, de todo aquello que precisamente nos enfermó. Equivale a silenciar el dolor del esclavo… ¡poniéndole más mordazas!

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